Los vinos blancos tienen un sabor distinto a los vinos tintos, y obviamente un color diferente. Esta principal diferencia se debe a que los vinos blancos tienen una concentración menor de tanino en comparación con los tintos además de utilizarse en su elaboración una variedad de uva que crece en diferente suelo.
El vino blanco se caracteriza por ser seco, semiseco, dulce o licoroso. Para su elaboración se usa el mostro de uva blanca o también las uvas tintas, o incluso una mezcla de ambas.
Los vinos blancos jóvenes tienen una vida útil de -como máximo- un año, siempre que se conserven en temperaturas inferiores a los 18º y se mantengan en botellas acostadas horizontalmente, tal como recomendábamos al conservar el vino en el hogar. A partir de ese plazo suelen perder calidad.
La elaboración de los vinos blancos secos tiene el azúcar del mosto fermentado y su fase de crianza es similar a la del vino tinto. Las barricas de roble son utilizadas por ejemplo para fermentar el vino blanco, siendo así en las principales bodegas del mundo que generan vinos de calidad.
En la elaboración de los vinos blancos dulces el proceso difiere levemente. Dado que en su elaboración puede no existir suficiente azucar en el mosto utilizado, usualmente se le acompaña con mosto concentrado o incluso azúcar clásica.
La cata de un vino blanco debe realizarse con un vino presentado como limpio. La tonalidad de los vinos blancos va desde amarillón limón o verdoso hasta dorado en los vinos viejos. Los vinos de aguja incluso presentan burbujas de gas carbónico.
En nariz, el vino blanco debe ser aromático sobre todo, y palabras como intenso o discreto son las utilizadas para describir esta característica.
La cata de un vino blanco domina dos características principales en la boca y lengua. La dulzura y la acidéz. Cierto equilibrio entre estas dos características indica cómo ha sido elaborado el vino.